Rafaela: el nombre que nació del poder, la historia y el trabajo colectivo

De una familia paraguaya atravesada por la guerra a la consolidación de una ciudad estratégica en el mapa nacional, el origen de Rafaela revela una trama donde se cruzan política, negocios, inmigración y crecimiento social.

En cada aniversario de la ciudad, volver sobre sus orígenes es también un acto de memoria. Esta crónica, inspirada en los textos del periodista Alcides Castagno, quien durante décadas fue una verdadera historia viva de Rafaela y falleció el año pasado, recupera el sentido profundo del nombre que identifica a la ciudad y el camino que la llevó a convertirse en uno de los centros urbanos más importantes del oeste santafesino. Castagno supo narrar el pasado con rigor y sensibilidad, dejando un legado imprescindible para comprender quiénes somos y de dónde venimos.

El nombre Rafaela no surgió del azar ni de una referencia geográfica local. Su origen se remonta a la figura de Rafaela Rodríguez Viana, integrante de una familia paraguaya de elevada posición social y económica, marcada por los efectos devastadores de la Guerra de la Triple Alianza (1864–1870), uno de los conflictos más sangrientos de la historia sudamericana. Aquella guerra forzó el exilio de muchas familias, entre ellas los Rodríguez Viana, que se radicaron en Buenos Aires tras abandonar su país.

Rafaela Rodríguez se había casado en 1866 con Félix Marcelino Egusquiza, empresario y diplomático vinculado a los círculos de poder de la época. Su hermana Susana también daría nombre a otra colonia. Años más tarde, esos lazos personales, políticos y económicos se proyectarían sobre el territorio santafesino.

Rafaela se casó con Félix Marcelino Egusquiza el 26 de julio de 1866.

El 16 de octubre de 1880, Egusquiza, Carlos Saguier y Manuel Quintana firmaron un contrato para impulsar la colonización de tierras en el interior del país. Con el aval del entonces presidente Julio Argentino Roca y de su hermano Ataliva Roca, buscaron asociarse con el empresario colonizador Guillermo Lehmann, quien lideraba la expansión urbana y agrícola en la región. Como gesto de cortesía, se acordó que las dos primeras colonias llevaran los nombres de Rafaela y Susana.

No existen registros que confirmen que Rafaela Rodríguez Viana haya visitado alguna vez la colonia que llevó su nombre. Sin embargo, su identidad quedó ligada para siempre a este territorio. Más allá de los nombres, fueron doce familias pioneras las que iniciaron la tarea de poblar lo inexplorado, sembrando trabajo, fe y esperanza, valores que terminarían definiendo el perfil de la comunidad.

Con el correr de los años, Rafaela se consolidó como un punto estratégico de contacto y transferencia en la región. El desarrollo ferroviario, la red de caminos y las comunicaciones impulsaron un crecimiento extraordinario: en apenas tres décadas, la población aumentó un 13.000%, un dato que explicaría el siguiente gran paso institucional.

En 1912, a instancias del gobernador Manuel Menchaca y del reclamo de vecinos e instituciones, se organizó un censo para evaluar la posibilidad de elevar a Rafaela al rango de ciudad. La comisión encabezada por el presidente comunal Manuel Giménez, junto a referentes locales, logró certificar una población de 8.422 habitantes, cifra suficiente para cumplir con los requisitos legales.

El 31 de diciembre de ese año, el gobierno provincial aprobó el censo y decretó oficialmente la elevación de Rafaela a ciudad, reconociendo su desarrollo y progreso económico. Enero de 1913 encontró a toda la comunidad movilizada: instituciones, comercios, escuelas y vecinos participaron de los festejos que marcaron un antes y un después en la historia local.

Rafaela ingresaba así al mapa nacional como ciudad, afirmando su derecho a proyectarse hacia el futuro desde una base construida con esfuerzo colectivo. Tal como supo señalar Alcides Castagno, esa herencia de trabajo y orgullo sigue vigente, sosteniendo a una comunidad que crece y se reinventa, aun en un país atravesado por cambios y desafíos permanentes.

Recordar este origen, en cada aniversario, es también honrar a quienes lo contaron, lo vivieron y lo hicieron posible.

«La historia ya es antigua / y aquellos días han quedado lejos. / Cumplida la epopeya, /también se fue el abuelo. / Sin ver tal vez el verde / de su último tenaz esfuerzo.» (M.Vecchioli).

(Material de consulta: Adelina B. de Terragni-José M. Lamas)

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