La Petit Morte argentina

Y al final, nos quedamos inertes. Después de cabalgar durante un mes y medio en un potro salvaje. Después de gozar colectivamente, como los brasileros durante el carnaval. Pero alguien nos apagó la música. Nos miramos unos con otros con cierta incomprensión y sentimos morir. Por un minuto, por diez, por algunas horas. No es la derrota deportiva, ni el orgullo nacional, ni la bronca de la injusticia. Es la interrupción de un goce continuo que tuvimos durante todos estos días inolvidables.

Es real y no lo parece. Los argentinos, como pocos pueblos en el mundo, entramos en trance durante los mundiales. Y en los últimos dos, el trance fue excesivamente gozoso. Una especie de orgía colectiva, repleta de abrazos descontrolados. Un juego incesante de emociones, que pusieron en riesgo a los corazones que latieron por encima de las revoluciones habituales.

Es amor, claro. Un amor lleno de pasión delirante. La versión más cruda de la entrega. Todos rendidos a la inconsciencia del deseo. Sin límites, sin medida. Fantasía plena. Inmersión total, en una piscina llena de placeres que se expresaron en gritos desatados de goles, que luego nos llevaban al llanto emocionado. Y a esa montaña de brazos que se mezclaban, sin que nos importara de quienes eran.

Y se acabó. No nos quedan instancias. Ni desafíos inmediatos. Ni nos volveremos a juntar, repitiendo los rituales que nos imponen la superstición y el deseo de que esto no se termine nunca.

Pero se termina. Y llega «La petit morte», como dicen los franceses.

Un eufemismo que utilizan para describir la sensación de desvanecimiento, de breve pérdida de conciencia que se experimenta inmediatamente después de alcanzar un orgasmo. La pequeña muerte. Esa tristeza que nos embarga después de tanta felicidad.

Y así nos sentimos todos ayer, y hoy. Y seguramente mañana. Hasta que otros asuntos vuelvan a ocupar la poltrona de lo principal. Y nuestras vidas recuperen la normalidad grisácea. La rutina. El tránsito por la vulgaridad de una vida con emociones aisladas y discontinuas. Esas que unen a dos, a diez o apenas a una pequeña multitud, mientras los demás nos miran extrañados, ajenos.

Ahora vienen las divisiones. Las distancias. El final de esa complicidad que nos permitía hacerle muecas a un desconocido. La charla prolongada con el vendedor de leñas que te explicaba cómo había que jugarle a Inglaterra. La lección de táctica de Leo, el podador de árboles que opinaba sobre la necesidad de jugar con dos extremos rápidos. La queja de la quiosquera que usa la camiseta con dos estrellas del 2018, que heredó del padre y que cada día, sin descansar, reclamaba la titularidad del Colo Barco. Los suspiros colectivos por Paredes. La conversación casual sobre los motivos de cada llanto de Messi.

Se acabó. Con una derrota. Pero no cambia tanto. Lo que duele es que se acabó. Es la sensación de vacío que dejan las grandes pasiones cuando terminan.

Agradezcamos el goce. Nadie, ni un gol de España, nos quita lo bailado.

Aprendamos, que la vida es más agradable cuando- al menos de vez en cuando- nos dejamos atropellar por las emociones positivas y nos encontramos con ellas bien metidas adentro, sin que podamos controlarlas con las bajadas de linea, ni la explicaciones de los sabiondos de siempre.

Ahora, a transitar el duelo. No es la muerte, pero es una pequeña muerte. Y requiere, en la medida de su tamaño, de los mismos rituales de cualquier duelo: Primero la tristeza, después el enojo, después la aceptación y al final, la resignación.

Ya vendrán otras. Ya vendrán otros. Y entonces, no desperdiciemos la oportunidad de gozar como lo hicimos durante este mundial.

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