Entre la culpa religiosa, la represión y el despertar de la sexualidad, Carrie redefinió el cine de terror. A medio siglo de su estreno, repasamos la película de Brian De Palma basada en la primera novela de Stephen King, sus secretos de rodaje y las múltiples lecturas que esconde una de las historias más perturbadoras del género.

Hay películas de terror que asustan, otras que incomodan y algunas que consiguen hacer las dos cosas al mismo tiempo que hablan de cuestiones mucho más profundas. Carrie, estrenada en 1976 y dirigida por Brian De Palma, pertenece a esta última categoría. A 50 años de su llegada a los cines, sigue siendo una obra fundamental para entender cómo el género puede explorar los miedos más íntimos y las tensiones sociales de una época.
Basada en la primera novela publicada por Stephen King, la película cuenta la historia de Carrie White, una adolescente sometida a la violencia de sus compañeros de escuela y a la represión de una madre dominada por el fanatismo religioso. Pero detrás de esa historia de hostigamiento y venganza hay mucho más: el descubrimiento del cuerpo, la sexualidad juvenil, la pérdida de la inocencia y el despertar de una fuerza que termina desbordándolo todo.
El cuerpo como territorio del terror
Uno de los aspectos más potentes de Carrie es la manera en que vincula el despertar sexual con el horror. La primera menstruación de la protagonista, vivida en medio de las burlas y el desconcierto de sus compañeras, funciona como un punto de quiebre. Lo que debería ser una experiencia natural se transforma en una escena traumática, atravesada por la ignorancia, la vergüenza y la violencia.
La puesta en escena de Brian De Palma
La película también se convirtió en una referencia por las decisiones formales de Brian De Palma. El director construye una atmósfera de tensión mediante el uso de la cámara lenta, la pantalla dividida, los movimientos de cámara y una puesta en escena que alterna entre la intimidad de Carrie y la violencia del mundo que la rodea.
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